El homenaje — Que valga la pena

Me encantó esta historia.

Felicidades a @mafalda0509 lo has hecho increible

Dentro de… pongamos 60 años: Mi madre fue la persona más paciente y amable que conocí. Aunque a veces se enfadaba, era capaz de pedirme perdón y reconocer si le habían fallado los nervios… Me enseñó desde pequeño una lección muy grande: “El enfado habla más del que se enfada, de al quien va dirigido”, […]

a través de El homenaje — Que valga la pena

Advertisements

Casual

Las personas casuales están de moda.

Con sonrisas naturales y actitud envidiable.  Tienen una forma de ser que encanta de todos,  hasta a  ti.  De alguna forma nos hace sentir cómodos,  como si dependieramos de su aprobación por el hecho de que son únicos.

Historia corta

Renay.

Patrick decía conocer a Renay mejor que nadie más pero estaba muy lejos de siquiera empezar a conocerla.

Patrick no sabía que Renay jugó a las muñecas hasta los quince años y que solía ponerles nombres cursis y cantarles cuando nadie, excepto yo, veía.

Patrick desconocía que Renay tuvo su primera vez a los catorce años con un hombre de veintiséis que la hizo sentir en las nubes hasta obtener lo que quería. El sujeto se llamada Darien, y murió dos semanas después de haberse metido con Renay. El bastardo se lo merecía.

Patrick ignoraba que Renay bailaba frente a toda la clase antes de que los profesores llegaran. Movía sus caderas de un lado a otro mientras su falda escolar se elevaba y sus bragas quedaban al descubierto. Los ojos de todos los chicos clavados en ella me hacían hervir de rabia.

Patrick no estaba enterado de que Renay salía a buscar la luna en las noches y se quedaba mirándola hasta la madrugada. Yo era la única persona que sabía eso. Renay lucía preciosa bajo el brillo de la luna y su pijama de pandas la hacía lucir como una niña de cinco años.

Patrick no sabía nada.

Renay adoraba ir a comer donas de chocolate los días de lluvia, se quedaba junto a la ventana y me contaba todo lo que pasaba por su mente y yo la escuchaba como si en el mundo solo existiera ella. Escuchando su risueña y adorable voz nada más podía importarme.

Sus ojos grisáceos, su pequeño y delgado cuerpo y su piel tan suave eran mejor compañía que volver a casa. Renay no lo sabía, pero ella era mi refugio.

Renay tenía muchos sueños por cumplir a partir de los veintiuno, cuando terminara su carrera de Literatura Inglesa. A los veintiuno conocería al hombre de su vida y se casaría. A los veintidós empezaría a viajar a los países de Oceanía; Renay tenía una obsesión con los lugares poco conocidos. Toda su vida estaba planeada y escrita en un cuadernillo de pasta gruesa de color negro. Tras el accidente, su madre me permitió llevarme sus cosas incluyendo el cuadernillo.

Renay ocultaba galletas en un cofre color menta que descansaba sobre su tocador. Decía que las galletas eran su medicina cuando estaba triste y me regaló una llave para abrir ese cofre cada vez que olvidaba el sentido de la vida. Compartir de sus galletas preferidas era todo un honor para mí.

Renay tenía un hermano siete años mayor que ella que era su versión masculina, excepto por los ojos. Tenían una relación poco normal al ser hermanos. Llegué a sospechar que ese patán la tocaba.

Su madre trabajaba como diseñadora de interiores y era muy solicitada por un par de empresas. Su padre había muerto de cáncer, pero a Renay le gustaba contar una historia de un accidente de auto. Cuando terminaba de contar la historia era yo quien iba a abrazarla hasta que su llanto cesaba. Tenerla en mis brazos era mejor que ver una puesta de sol.

Las vacaciones de verano eran las favoritas de Renay, su madre nos llevaba a la playa y a ella le encantaba que le diera vueltas en el aire justo al borde del mar. El sonido de su risa y de las olas eran la combinación perfecta para mis tristezas. Comprábamos recuerdos y llenábamos un frasco con la arena del mar.
Renay tenía más nostalgia que yo y eso era doloroso. Cuando su madre dormía en el hotel de la playa, sentía sus manos sacudiéndome hasta que me hacían despertar. Con nuestras manos entrelazadas, bajábamos hasta la playa y nos sentábamos en la arena. En una de esas ocasiones Renay escribió una carta que no me permitió leer, la guardó en una botella y tras haber puesto el corcho, la lanzó hacia las aguas violentas del mar. Nos quedamos unos segundos para comprobar que la botella se iba y Renay me abrazó tan fuerte que sentí su cuerpo tembloroso y sus lágrimas empapar mi cuello.

Renay podía ser toda una fiera si se lo proponía. Había quien se metía conmigo en secundaria por el simple hecho de utilizar lentes. Renay tuvo una pelea con uno de esos imbéciles y terminó con la blusa desgarrada y las piernas con moretones. Ese día, se rehusó a ir a enfermería y fui con ella a casa para curarla.

Renay dormía con un enorme peluche de panda al que vestía con ropas holgadas. Cuando se levantaba por las mañanas dejaba el oso en su tocador y se despedía como si fuese un amigo. No permitía que nadie más lo abrazara. Pero a mí sí me lo permitió una noche que llegue a pedir consuelo. Había un espacio en su cama para mí e incluso una almohada. Renay vestía una camisa larga que llegaba hasta sus rodillas huesudas. Me dio una de sus galletas y comentó cosas sobre cohetes y estrellas. Le pregunté sinsentidos y ella respondía con tonterías. Cuando el sueño nos estaba venciendo y nuestros cuerpos se rozaban, Renay se inclinó hacia mi oreja y susurró que no llevaba puesta ropa interior. No sé si fue la tristeza o el estar tan cerca de ella lo que me instó a hacer lo más atrevido que había hecho con ella. Renay era virgen de labios y sus mejillas jamás habían sido acariciadas con tanta dulzura como lo fueron esa noche. Besé su frente y la refugie en mi pecho.

Renay era vegetariana y odiaba el maltrato a los cachorros. Yo era un caso diferente, y mi madre hacia comidas casi por cualquier motivo. Renay asistió una única vez a una de esas fiestas. Mi madre preparó hamburguesas y cuando Renay vio su plato, se levantó hecha una furia y fue a buscarme. Los enfados de Renay no eran un juego, y no me dirigió la palabra por cuatro días. Mis peores días fueron esos.

Renay tenía una cámara digital que llevaba consigo en los paseos escolares. Me tomaba fotografías cuando yo no me daba cuenta y las imprimía cinco días después de haberlas tomado. Tenía tres pequeños álbumes llenos de fotografías mías. Me atreví a preguntarle el motivo de eso y ella sonrío como un niño que ha hecho una travesura inocente. Cuando me despedí ese día y crucé el umbral de su puerta, su angelical voz gritó un «Te quiero» que moría por escuchar.

Mi querida Renay tenía un gusto especial por las patinetas, aunque lo cierto es que ella no sabía ni cómo subirse sobre una. Se fracturó el pie un día que salió sola al parque. Me odié por no haber estado ahí a sabiendas de lo torpe que era. Renay duró tres semanas y dos días utilizando muletas. Estuve en su casa todos esos días fastidiándola con bromas sobre su caída y ayudándole a lo que necesitaba. Vi películas románticas con ella a pesar de que las odiábamos y picaba fruta para ella.
Renay masticaba cuatro veces los trozos cuadrados de manzana, tres veces los círculos de fresas y siete veces las uvas. Sus labios quedaban manchados por las fresas y su dentadura perfectamente blanca compartía ese tono rojo.

Renay no era muy amigable con nadie y prefería solo hablar conmigo. Muchos chicos ponían los ojos sobre ella con esperanza de que ésta les hiciera caso. Escuché miles de veces las quejas de Renay sobre esos tontos que la pretendían. Los parques solos y su jardín eran nuestros lugares preferidos cuando queríamos desahogarnos. El sentimiento de miedo y los nervios acudían a mi cuando mencionaba algo sobre uno de esos lugares. El césped era como una cama y juntábamos nuestras manos. Renay siempre empezaba con algo nostálgico, con cosas sobre la libertad y con escapar una tarde hacia las colinas de Los Ángeles. Las lágrimas salían de sus ojos cuando mencionaba algo sobre escapar. Renay era una chica capaz pero con muchos miedos e inseguridades que le impedían continuar a veces. Odiaba verla destrozada y sin poder hacer algo para ayudarle.

Renay odiaba las sorpresas de cumpleaños a pesar de estar acostumbrada a ello por culpa mía. Su madre le preparaba un pastel y bocadillos y montaba una mesa en el jardín de su casa. Yo ponía la música y Renay bailaba como una loca en medio del jardín. Teníamos dieciséis cuando sucedió eso. Estábamos aburridos y los postres ya no eran apetitosos tras haber comido tantos. Renay fue dentro de la casa y regresó con una botella de alcohol. Al principio me molestaron sus intenciones pero con Renay no podía negarme a nada. Bebimos como si fuéramos expertos y pronto nos acabamos la botella. A Renay el alcohol le afectó más que a mí pero no al punto de quedarse desmayada. Me contó más de sus tristezas y sobre su deseo de olvidarse de todo por un momento. Me miró como esperando que yo pudiese hacer algo en ese preciso momento y me sentí como un inútil. Apoyé mi frente contra la suya indicándole que estaba ahí para ella, para escucharle y hasta para hacer estupideces con tal de que ella estuviera bien. Sus brazos rodearon mi cuello y se sentó sobre mi regazo. Su peso era ligero y el tenerla cerca hacía que mi respiración se cortara. Sentí cómo sus labios jugaron en mi cuello y después no hubo movimiento. Se quedó dormida sobre mí y yo me sentía que volaba entre las nubes.

• • •

Renay no era amante de las fiestas pero quiso asistir a una de un tal Patrick Jones. Vivía al otro lado de la ciudad y su madre nos prestó el coche. Renay estaba muy emocionada y hablaba maravillas de Patrick. Mientras más nos acercábamos al lugar de la fiesta mis ganas de inventar alguna enfermedad aumentaban. Renay me prefería a mí por sobre cualquier cosa, pero no podía permitirme quitarle la gran sonrisa que tenia.

La fiesta ya había empezado y había un montón de chicos de la Universidad con los vasos rojos típicos una fiesta. Renay me arrastró hacia dentro y dimos con Patrick. El chico se la comió con la mirada y tuve que aguantar mis impulsos para no partirle la cara ahí mismo. Salimos a el jardín trasero donde casi no se oía música. Renay sujetaba mi mano pero estaba muy pegada a Patrick.

– ¿Quieres que te lleve a dar un paseo, nena? -. Una propuesta tan estúpida e inocente que fue aceptada al segundo por Renay, me cambió la vida por completo.

– Acepto, aunque no me gustan mucho los paseos.

A Renay no le gustaban para nada los paseos, prefería quedarse en un lugar y charlar con alguien.

– Sé que te gustan mucho los paseos.

No, Patrick no conocía nada sobre ella.

Renay insistió en que yo los acompañara pero me negué porque quería que disfrutara el tiempo con ese imbécil. Los vi subir al coche y vi su sonrisa cálida por última vez. La desconfianza hacia Patrick se apoderó de mí en cuanto el auto desapareció por la esquina. Me quedé ahí plantado pensando en que sacrificamos nuestra felicidad por personas a las que queremos.

La música se oía lejana y me tumbé en el césped. Incluso el césped se burló de mi al recordar todas esas tardes con Renay.

No me moví de mi sitio en ningún momento. Renay iba a llegar, iba a bajar del coche e iba a verme en el césped, vendría hacia mí y me acompañaría porque esta vez yo quería contarle mis tristezas.

Lo que ocurrió no fue así.

Y Renay murió en un accidente de tráfico como el que inventaba sobre su padre. Había un barranco al costado derecho y las personas del coche iban tan distraídas que no notaron una gran roca a medio camino, el conductor perdió el control al no poder girar y el auto salió disparado como un pájaro que va a aprender a volar pero cae enseguida. El auto dio tantas vueltas y se estrelló una y otra y otra vez. Los cuerpos de las personas quedaron irreconocibles y el auto estalló en llamas.

• • •

A Renay le habría gustado que me quedara con su cofre de galletas para cuando estuviera pasando un mal momento. Las galletas se acabaron muy rápido, una galleta por cada tarde sin ella.

El oso de peluche adorno mi habitación y le coloqué una de mis camisetas a rayas. Lo abrazo cada vez que lo necesito y cada vez que la recuerdo.

El álbum de fotografías está en mi estante, al final había unas cuantas fotografías de Renay que he decidido colocar en el espejo. Su letra garabateada al pie de la foto me recuerda a su obsesión con la gramática.
Entre mis libros de texto hay un cuadernillo de pasta gruesa de color negro, y estoy tratando de cumplir con las palabras escritas ahí.